El gnosticismo
es un conjunto de corrientes sincréticas filosófico-religiosas que llegaron a
mimetizarse con el cristianismo en los tres primeros siglos de nuestra era,
convirtiéndose finalmente en un pensamiento declarado herético
después de una etapa de cierto prestigio entre los intelectuales cristianos. En
efecto, puede hablarse de un gnosticismo pagano y de un gnosticismo cristiano,
aunque el más significativo pensamiento gnóstico se alcanzó como rama heterodoxa
del cristianismo primitivo.
El término proviene del griego
Γνωστικισμóς (gnostikismós); de Γνωσις (gnosis): ‘conocimiento’.
¿Quiénes son los representantes del gnosticismo?
Las
sectas gnósticas más importantes fueron la de los Valentinianos y la de los
Mandeos o Sabeos. Por su parte, los más altos exponentes de la doctrina fueron Basílides,
Saturnino, Bardesanes, Valentino, Carpócrate y Marción, todos de la escuela
alejandrina; Simón el Mago y Menandro de la corriente caldeosiria y Taciano y
Cerinto de origen asiático. Existen pocas fuentes originales de conocimiento
directo sobre las doctrinas gnósticas y la principal consiste en la versión
copta de un manuscrito titulado Pistis Sophia, única obra auténtica
gnóstica que se posee. Existen también varios códices como el Bruce,
que lleva el nombre de su descubridor James Bruce (1730-1794) y el Jung,
hallado en 1948. También son motivo de estudio las Actas Gnósticas
de Leuicius Charinus. El gnosticismo, que penetro profundamente en el
pensamiento y religiones de la época fue considerado herejía por la Iglesia
Católica, sin percatarse que vino a llenar con especulaciones metafísicas, el
vació existente en el cristianismo, que había olvidado las necesidades
intelectuales del hombre.
¿En que consiste la doctrina del gnosticismo?
El
término fue aplicado a varias escuelas o sectas de pensadores religiosos que
pretendían poseer un conocimiento extraordinariamente profundo e íntimo de los
misterios sagrados, reservados únicamente a unos pocos iniciados. Estas
escuelas fueron independizándose paulatinamente al comprender que en detalle
sus doctrinas eran heterodoxas y dispares aunque observaban plena coincidencia
en sus puntos fundamentales: la existencia de un Ser Supremo de cual emanaron
los eones, manifestaciones de los atributos particulares de Dios, que
constituyen su pleroma o plenitud. La materia es esencialmente mala pues ha
sido creada por un eón caído, el Demiurgo, o por algún otro poder maligno. Por
esta razón el cuerpo carece de importancia. La misión de Cristo fue traer la
gnosis a los hombres que fueron dignos de él. Por lo que a la vida práctica
respecta, algunos gnósticos menospreciaban el cuerpo y todo placer físico,
mortificando la carne y llevando una vida de severo ascetismo; otros, en
cambio, sostenían que quienes poseen la gnosis están por encima de las reglas
morales que gobiernan la conducta de los no iniciados. Los gnósticos
establecieron un nexo entre sus doctrinas y las del cristianismo, de aquí que
los Padres de la Iglesia lucharan violentamente contra ellos.
Nuestra
Doctrina es Ciencia y Religión a un tiempo. Como Ciencia, se remonta a algo
superior, supremo, infinito, ultra-científico, que está muy por encima de los
bajos conocimientos vulgares para encarnar el
Saber por Excelencia. Y como Religión procura que el Hombre,
suprema jerarquía humana, vaya despertando en sí mismo los poderes divinos que
le son peculiares para lograr un día la Santa Unión Causa primera que es su
génesis. Pero dentro de este dualismo, se atiende a aquel principio latino que
dice: Primum intelligere, deinde credere”
Los Apologistas:
¿Quiénes son y por que son llamados los apologistas?
La
rectificación: la fe y las costumbres de los cristianos son admirables
Éste es más o menos el ambiente en el que surgieron los
escritos de defensa o apologías (del griego apología, defensa).
Estos escritos van por tanto destinados a un público muy diferente a aquel para
el que escribían los Padres apostólicos. Las apologías se dirigen a los paganos
o, a veces, a los judíos; no se dirigen a los cristianos, a los que sin embargo
debía de reconfortar su lectura, al comprobar que sus doctrinas y su género de
vida eran defendidas con argumentos aceptables para cualquier hombre de buena
voluntad.
Los temas que se abordan en las apologías corresponden a
los infundios del ambiente; unos cuantos de entre ellos suelen aparecer en la
mayoría de las apologías, aunque con distinto énfasis. Así por ejemplo: los
cristianos no son ateos, sino que adoran al único Dios, el mismo que los
mejores de los filósofos paganos llegaron a descubrir; no son infieles al
Estado, aunque se nieguen a adorar a los dioses falsos o al mismo emperador, a
quien sin embargo pagan los impuestos y sirven; no atraen males a la sociedad
por no adorar a los dioses, pues éstos no son nada, o son demonios, ya que
enseñan y fomentan el mal con el culto a menudo depravado que se les da; por el
contrario, atraen bienes, al orar al verdadero Dios por el mismo Estado y sus
autoridades.
Los cristianos no sólo son inocentes de las inmoralidades
que se les achacan, sino que su comportamiento, entre ellos y con los que no
son cristianos, es moralmente mucho más elevado que el de los paganos; no son
tampoco gente rara que huye del mundo, sino que comparten todos los afanes de
sus conciudadanos, a quienes procuran ayudar en todo.
También se protesta de la inicua ley que condena a los
cristianos por el mero hecho de serlo; no se puede condenar por un nombre, sin
averiguar qué significa, sin molestarse en saber qué son y cómo viven los
cristianos y qué es lo que hacen o dicen que merezca el castigo: esto no es un
comportamiento ilustrado, digno de emperadores que cultivan la filosofía.
A todo esto suelen unir los apologistas, de manera y con
intensidad variada, la acusación de que a menudo entre los paganos sí que se
dan los vicios de que ellos acusan a los cristianos, y aun peores; otras veces
su actitud es más amable, y procuran en cambio convencer al lector pagano sin
herirle; y otras hacen ambas cosas.
También varía la actitud de los apologistas ante la
filosofía pagana, ante el saber en general y el arte; unas veces es de aprecio,
como en San Justino, y otras de repudio, como en Taciano.
En general se puede sin embargo decir que las apologías
del grupo de los llamados apologistas griegos son griegas hasta en su
concepción, y tratan de mostrar que el cristiano no sólo se conforma con los
ideales aceptados por el helenismo, sino que el cristiano es el único capaz de
encarnar de verdad ese ideal.
¿Por que son
importantes de la edad media?
Por las semejanzas que existen entre las apologías de
estos siglos extendemos este periodo hasta la Reforma. Con la obra de S.
Agustín se puede decir que termina la época de las grandes apologías de la
antigüedad cristiana. Durante la Edad Media las apologías son cortas en número
y más cortas en calidad. Hay que reconocer, por una parte, que en los primeros
siglos de esta Edad la formación es escasísima, y por otra, que se busca más la
organización doctrinal. El cristianismo trata de construir más que de polemizar.
A esto hay que añadir que, en esta época, el cristianismo se ha extendido por
el mundo conocido sin que tenga que soportar grandes ataques.
Junto al judaísmo, como adversario de la religión cristiana, aparece en el s. VII el islamismo (v.) en Arabia. En torno a ellos dos gira toda la literatura apologista de la Edad Media. En Oriente esta literatura termina a principios del s. XI; en Occidente, en cambio, se extiende durante varios siglos. Todas las obras de este tiempo se construyen conforme a unos esquemas de ideas muy limitados. Frente a los judíos, se demuestra la mesianidad de Cristo por el cumplimiento de las profecías del A. T., por las circunstancias de su venida, por su carácter, sus obras y sus milagros. Frente a los mahometanos, se muestra igualmente la mesianidad de Cristo y se rechaza el carácter profético de Mahoma. En una primera época esta literatura adquiere a veces cierto tono de desprecio hacia el adversario; posteriormente hay un conocimiento más exacto y un trato más comprensivo debido a las conversiones y a la creación de escuelas establecidas para el estudio del hebreo y del árabe.
Esta literatura adquiere un relieve especial en España por las circunstancias singulares que atraviesa la Península. Ya antes de la invasión árabe en la Iglesia visigótica merecen singular mención tras grandes prelados. S. Isídoro de Sevilla (570-636; v.) escribe su conocida apoloía De fide catholica ex N. et N. T. contra iudacos. De S. Ildefonso de Toledo (605-667; v.) es la famosa obra De virginitate Mariae adrersus tres infideles. Y de S. Julián de Toledo (m. 690; v.) es el tratado De sextae aetatis comprobatione adrersus iudacos cum oratione et epístola ad Dominum Ervigium. Siglos más tarde, en plena dominación árabe, existe una amplísima literatura apologista debida en su mayor parte a judíos y mahometanos conversos, que se hacen apóstoles de su nueva fe.
Junto al judaísmo, como adversario de la religión cristiana, aparece en el s. VII el islamismo (v.) en Arabia. En torno a ellos dos gira toda la literatura apologista de la Edad Media. En Oriente esta literatura termina a principios del s. XI; en Occidente, en cambio, se extiende durante varios siglos. Todas las obras de este tiempo se construyen conforme a unos esquemas de ideas muy limitados. Frente a los judíos, se demuestra la mesianidad de Cristo por el cumplimiento de las profecías del A. T., por las circunstancias de su venida, por su carácter, sus obras y sus milagros. Frente a los mahometanos, se muestra igualmente la mesianidad de Cristo y se rechaza el carácter profético de Mahoma. En una primera época esta literatura adquiere a veces cierto tono de desprecio hacia el adversario; posteriormente hay un conocimiento más exacto y un trato más comprensivo debido a las conversiones y a la creación de escuelas establecidas para el estudio del hebreo y del árabe.
Esta literatura adquiere un relieve especial en España por las circunstancias singulares que atraviesa la Península. Ya antes de la invasión árabe en la Iglesia visigótica merecen singular mención tras grandes prelados. S. Isídoro de Sevilla (570-636; v.) escribe su conocida apoloía De fide catholica ex N. et N. T. contra iudacos. De S. Ildefonso de Toledo (605-667; v.) es la famosa obra De virginitate Mariae adrersus tres infideles. Y de S. Julián de Toledo (m. 690; v.) es el tratado De sextae aetatis comprobatione adrersus iudacos cum oratione et epístola ad Dominum Ervigium. Siglos más tarde, en plena dominación árabe, existe una amplísima literatura apologista debida en su mayor parte a judíos y mahometanos conversos, que se hacen apóstoles de su nueva fe.
¿Quiénes son los representantes más importantes?
La
serie de los Apologistas griegos comprende a Cuadrato (v.), Arístides Ateniense
(v.), Aristón de Pella, S. Justino (v.), Taciano (v.), Milcíades, Apolinar de
Hierápolis, Atenágoras (v.), S. Teófilo de Antioquía, Melitón de Sardes (v.),
Hermias y la «Epístola a Diogneto» (v.). Como apologista latino figura Minucio
Félix (v.). El mismo Tertuliano (v.) tiene escritos apologéticos en medio de
otros de diverso género. Más concretamente apologistas fueron posteriormente
Arnobio el Viejo (v.) y Lactancio (v.).
Explique la importancia de la doctrina de los
apologistas.
La importancia de este grupo de escritores radica en su
doctrina en conjunto: son los puntos en común entre ellos los que se toman en
cuenta. Sus enseñanzas tuvieron gran peso en el desarrollo del pensamiento y la
teología
cristiana según su interpretación de la Biblia o las Sagradas
Escrituras, la incorporación de la Tradición y la consolidación de la Liturgia. Los Padres de la Iglesia a menudo
tuvieron que dar respuesta a cuestiones y dificultades morales y teológicas en
medio de un ambiente convulsionado por persecuciones externas y conflictos
internos producidos por herejías y cismas de la Iglesia post apostólica.
El título de «Padres» para este grupo aparece desde el
siglo IV, tal como puede observarse en las palabras de san Basilio: «Lo que nosotros enseñamos no es
el resultado de nuestras reflexiones personales, sino lo que hemos aprendido de
los Padres».
Una primera lista oficial de los Padres de la Iglesia fue
hecha por el papa Gelasio I.
Al estudio y análisis de la obra de estos importantísimos
escritores de los primeros tiempos de la Iglesia se le llama Patrística.
Al estudio de la vida y persona de los Padres se le llama Patrología.
Estas dos ciencias han establecido una clasificación por generaciones y
procedencias culturales para facilitar una comprensión más exacta del
desarrollo de la teología cristiana.
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